Había una vez una niña que desde el mismo momento en que nació, desde antes incluso, fue profundamente amada por su madre y por su padre.

Ellos la deseaban, la  esperaban con ilusión y alegría.

Pero además de estos sentimientos de amor, deseo, ilusión y alegría, había otros.

Había en el corazón de esa madre y de ese padre, algo de miedo. Había también un poco de egoísmo. Y ciertas dificultades para amar sin condiciones.

Cuando la niña nació además de todos los sentimientos que ya estaban, aparecieron otros.

 

 

Y es que ese pequeño ser que había llegado a sus vidas, no era como ellos imaginaban que sería.

Tal vez deseaban que hubiera sido un niño. Tal vez querían un bebé más apacible. Un bebé glotón y que durmiera por las noches.

Tantas noches en vela, tanto llanto día y noche, hicieron surgir nuevos sentimientos que se fueron añadiendo a los que ya había.

Apareció del descontento. Apareció el enfado. Apareció un cierto rechazo.

Y poco a poco, los sentimientos de amor, alegría, deseo e ilusión, quedaron enterrados.

Seguían ahí, su madre y su padre la seguían queriendo. Pero ese «te queremos», no salía a la superficie.

A la niña la empezaron a reñir, a la niña la empezaron a castigar.

Si la niña quería que la miraran, y obtener atención, tenía que hacer algo muy especial, hacer una broma muy ocurrente, o levantar la voz. A veces para que la miraran se portaba muy mal. Eso traía algunas consecuencias negativas, como más riñas y castigos. Pero es que peor era lo otro, peor era sentir que no existía.

Si sacaba buenas notas, siempre podrían haber sido mejores. Si pintaba un dibujo, nadie le daba importancia.

El «te queremos», el «nos hace ilusión que estés aquí», el «tu existencia es fuente de alegría para nosotros», el «perteneces», seguían en el interior de su padre y de su madre, pero estaba tan guardado que se convirtió en un secreto.

Y fue un secreto tan bien guardado, que ella no llegó a saber que era querida sin condiciones. No sabía que no tenía que hacer nada para ser cuidada, para gustar, para ser apoyada, para ser aceptada y admitida.

Así que empezó a ir con cuidado por la vida.

Con cuidado no sea que se enfaden conmigo. Con cuidado no sea que me rechacen. Con cuidado no sea que no guste.

Si no gusta lo que digo, o lo que hago, o quién soy, no me querrán.

Así que ella, dependiendo de con quién estuviera, iba cambiando, para amoldarse a las expectativas y la aceptación del otro. A veces no eran más que cambios sutiles, pero cambios al fin y al cabo.

Y en ese camino, fue perdiendo su identidad.

Su instinto la llevaba a conseguir amor y aceptación por encima de cualquier otra cosa, pues es cuestión de supervivencia para cualquier niño y para cualquier niña el ser amado y aceptado, el ser visto y acogido.

Conseguir amor y aceptación de los demás, de cualquiera, se convirtió en una prioridad.

Se convirtió en algo más importante que seguir sus gustos, sus deseos, sus preferencias.

No podía hacer lo que prefería, o lo que ella creía que era mejor o más conveniente para si. No podía expresar sin tapujos lo que le gustaba, o lo que pensaba. ¿Y si el otro no la aceptaba? No, tenía que saber antes si eso que ella quería hacer iba a ser aceptado, bienvenido, admirado.

Y en ese camino, fue perdiendo su libertad.

Dado que no la miraron sin más, ella tenía que hacer cosas para ser mirada, admirada. Tenía que destacar. Tenía que hacer las cosas muy bien.
Cuando la niña creció, empezó a realizar esfuerzos titánicos por ascender en el trabajo, por tener la casa más bonita, por ser la madre perfecta.
Cuando conseguía algo de esto, disfrutaba de un poco de paz.
Cuando no era la mejor, en su interior había una crítica constante: «Tienes que hacerlo mejor», «Qué desastre eres», «No puedes seguir así», «Los demás son mejores que tú».

Y en ese camino, fue perdiendo la tranquilidad.

Ese secreto tan bien guardado, el de que era amada incondicionalmente, la llevó a no saber bien quién ella era, a perder libertad, a la dependencia emocional, a no sentirse confortable en su piel, a menos que hiciera determinadas cosas, es decir, a menos que cumpliera con algunas condiciones.

Tanto se azuzó para ser siempre mejor , que consiguió una gran casa, un gran trabajo, una gran familia.

Pero nunca era suficiente. No importaba lo que consiguiera. Ella nunca se sentía contenta.

Entonces un día, oyó hablar acerca del amor sin condiciones.

«¿Pero qué tontería es esta?», pensó. Y cerró aquel libro de un golpetazo, enfadada.

Al cabo de unos días volvió a cogerlo, y esta vez leyó un par de páginas, refunfuñando. Y luego otras dos, y un capítulo entero.

Luego se echó a llorar.

Llegar a sentir el amor incondicional no fue un camino de rosas. Pero, ¿cuándo lo había sido?

Cuando empezó a sentir que se quería sin condiciones, descubrió que todo estaba bien desde el principio. Que no tenía porqué gustar a nadie. Apareció un maravilloso sentimiento de libertad. Se empezó a conocer a sí misma.

Empezó a reír.

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Dedicado a las niñas y niños interiores que trabajan conmigo su autoestima, anhelando, a veces sin saberlo, sentir el amor sin condiciones.